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Universidad Veracruzana
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Roberto Pliego
Habría que preguntarse si el cada vez más triste menosprecio a la crítica literaria en México responde —al menos en parte— a la irrupción de una nutrida corte de opinadores, diletantes y cazadores de caritas sonrientes que han hecho de las redes sociales una arena donde triunfan el ruido y el insulto disfrazado de dardos ingeniosos. La pregunta, o quizá sería mejor decir la sospecha, cobra más relevancia ahora que los prestigios suelen obtenerse al margen, muy lejos, de los libros, y, sobre todo, tras la aparición de Manual para el crítico literario en emergencias (Pértiga), una colección de ensayos no solo vivificantes sino ya imprescindibles para arrojar cierta luz sobre la oscuridad reinante.
A partir de un hecho imprevisto —la mudanza a una casa de menores dimensiones y con ello la obligación de deshacerse, “descartar”, dice con tiento, de aquellos libros, cientos, que han dejado de proporcionar curiosidad o placer intelectual—, Malva Flores esboza una preceptiva que parecería a botepronto pero se adivina largamente valorada. El ensayo de apertura, “No hay pedagogía más eficiente, aunque brutal y dolorosa, que una mudanza intempestiva…”, entrevera la crónica de los días dedicados a empaquetar con una serie de reflexiones sobre el acto de leer una vez perdida la inocencia, es decir, luego de que la lectura se ha convertido en una actividad profesional hecha de pocas alegrías y múltiples derrotas. Esas reflexiones son apenas tanteos, apuntes que quizás obtendrán forma duradera en otro libro, o solo dispuestos para acentuar la tarea de cortar la mala yerba y conservar la buena.
De manera inevitable, casi por añadidura, otras preguntas salen rápidamente al paso: ¿cómo erigir la biblioteca ideal?, ¿a quiénes ofrecerles un lugar permanente y a quiénes cerrarles el paso? Malva Flores tiene una obra poética y ensayística, y es investigadora de la Universidad Veracruzana. Por esta última condición, no deja de sorprenderme su rechazo —por cierto, compartido— a los sacerdotes supremos de los estudios literarios, como Julia Kristeva, Michel Butor y Jacques Derrida, que aspiraban a encumbrar la crítica literaria como una ciencia exacta, y a los nuevos mensajeros, pertrechados en los institutos universitarios, de la cancelación, la mojigatería, el lenguaje mendicante y el revisionismo (la invocación de estos cuatro esperpentos se debe a mí, aunque no “el quiebre frontal” de Malva Flores con la academia).
No vaya a creerse que estamos frente a ejercicios teóricos. A lo largo del libro, Malva Flores vagabundea para acabar poniendo casa en la poesía, en los dilemas de la traducción, en la impartición de la enseñanza, en la autocensura y aún en la autobiografía a pequeñas dosis. Pero sin importar en qué territorio se instale —el de Gorostiza o Joseph Brodsky o Pablo Neruda—, Malva Flores va dejando señales de su idea germinal y “hospitalaria” —aclara en las primeras páginas— de la crítica literaria.
Se trata, para usar un término empleado por la academia para descalificar todo juicio, o conjetura o advertencia, que descree de “las subjetivaciones y desubjetivaciones”, de “las argumentaciones” y “líneas de investigación”, de la “crítica impresionista”, que antepone la experiencia lectora y su ambición por reconocer el placer intelectual (hoy anatemizado por representar “un acto de consumo capitalista”) que producen la hondura psicológica, la buena escritura y la libertad de pensamiento, a la pretensión teórica que busca reducir la experiencia estética, tan enigmática, a una jerga especializada. Las páginas que Malva Flores dedica a sus tareas académicas, sobre todo en el salón de clases, provocan, para ser indulgentes, una desconcertante zozobra: el triunfo de la repetición sobre la originalidad, el miedo al contagio por exposición a la imaginación, el sometimiento a un presunto interés colectivo, la noción de que un escritor podría siempre ser superado… como si la literatura fuera una pista de tartán donde se imponen nuevas marcas (ese mundo envarado que Malva Flores acomete, con enfado y sentido de la insubordinación, en el ensayo “Crítica Pokemón”).
De allí que en sus acercamientos prevalezca la sabiduría del poeta. De vuelta a su adolescencia y a su descubrimiento de Thomas Mann, escribe en “Razones ajenas a la literatura”: “Leía para sentir nostalgia de lo que nunca había vivido”. Sobre Aimé Césaire y su renuncia al Partido Comunista en 1956, en “Contra la condescendencia de cubículo”, advierte antes de traspasar el umbral de su obra: “no me interesa hablar del colonialismo […], tampoco me interesa hablar de los afrodescendientes […]. Prefiero hablar de poesía”. En “La lección de los maestros”, el discurso de aceptación del Premio Internacional Alfonso Reyes, arriesga una definición: “Gran literatura es aquella que construye una metáfora tan amplia que nos incluye a todos”. Son, estas iluminaciones, algunas de las señas de identidad de una lectora-escritora que se resiste a ver, por el ánimo de conservar, cómo la literatura, y los modos en que llega hasta nosotros, está en vías de convertirse en la parodia de viejos clichés.
Más que un libro, aunque en sentido estricto lo sea, es decir, una bulliciosa reunión de voces y de tiempos y espacios, Manual para el crítico literario en emergencias es un acto de resistencia. Llega en tiempos de amenaza a la cultura y al sentido antiutilitario de tantas acciones humanas. Los propósitos nacionales, los destinos manifiestos, los honores a la uniformidad, son las máscaras de la fealdad. Y es que la fealdad se expresa en todo aquello que nos niega el derecho a ser, no una asamblea, un ejército o un número de la asistencia social, sino un pájaro de fuego o una manzana.
Vía Milenio
Libro disponible aquí.
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